Mis queridos feligreses en el Valle del Río Grande:

April 11, 2009

La historia de la Pascua comienza con tristeza.  María Magdalena fue al sepulcro y lo encontró vacío; temía que se habían llevado el cuerpo del Señor Jesús y se estalló en lágrimas; lloraba porque añoraba ver al Señor, estar con Él, sentirse amada, comprendida, perdonada.  Estos mismos sentimientos los compartían los discípulos.  Pedro lo había negado y sólo Juan permaneció con Él, al final.  Ellos también tenían razón por sentirse tristes y desear el perdón del Señor.

Después de encontrarse con el Señor,  María Magdalena fue presurosa a  avisarles a los discípulos que Jesús había resucitado, los encontró de luto y llorando, pero no le creyeron.  Regresaron los discípulos de Emaús y contaron su experiencia  a los que estaban congregados en el Cenáculo; tampoco a ellos les creyeron. Cuando Pedro y Juan corrieron a inspeccionar el sepulcro y lo encontraron vacío, Juan vio y creyó.  Finalmente, el Señor Jesús se apareció a los Once mientras cenaban…y ¡les provocó un júbilo inmenso!  Las palabras “¡Jesús está vivo!” y “¡Hemos visto al Señor!” despertaron el gozo y la esperanza en los corazones de sus devotos seguidores.  Recobraron fe en las palabras que Jesús les había pronunciado en Galilea, Cafarnaúm, alrededor del mar de Galilea y en Jerusalén.  Seguramente se recordaron de lo que habían visto en el Monte Tabor y del mandato que  Jesús les había dado que no contaran a nadie sobre su gloriosa Transfiguración, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

Cuando el Señor Jesús fue llevado preso para ser crucificado, el temor y la duda se apoderaron de los discípulos; esto les motivó a negarlo y abandonarlo y a refugiarse en el cuarto de su última cena con El.  Ahora, en cambio, la gloria de la Resurrección les inspiró gran gozo, compromiso y conversión.  Permanecerían fieles, en adelante, a la vida y a la misión que Jesús les había confiado.

Hoy, nos unimos a los Once para celebrar la Pascua de Resurrección.  Como ellos, escuchamos las palabras, “¡Jesús está vivo!,” y unimos nuestras voces a su canto de ALELUYA.  Así como la Resurrección del Señor ocasionó la conversión en ellos, debe ahora ocasionar la conversión en cada uno de nosotros.

En estos momentos, nos enfrentamos en nuestro país con una crisis económica que trae vivos recuerdos de la Gran Depresión para los que la experimentaron en la década de los treinta del siglo pasado.  Así mismo, nos provoca alarma e inseguridad por  nuestro futuro.  ¿Qué podemos hacer para combatir nuestros temores y hacer que prospere la economía una vez más? Aunque en estos momentos sea necesario que nuestro gobierno invierta trillones de dólares en medidas para rescatar, estimular y salvaguardar la economía, nosotros debemos hacer más.  Como discípulos del Señor Resucitado, debemos buscar la conversión de mente y de corazón para poder vivir alejados de la codicia y el consumismo desmedido que crearon esta crisis económica,  Busquemos, en cambio, las riquezas espirituales prometidas a todos los que creemos en El y formamos parte del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Cada uno de nosotros debe asesorar su necesidad de conversión y tomar los pasos necesarios para abrazar sin reservaciones el Evangelio de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien sufrió, murió y resucitó para que gozáramos de la plenitud de la vida en Él.  Por lo pronto, enfoquémonos en la conversión que beneficiará a nuestra economía.  Para aliviar las carencias presentes, hagamos tres cosas:

  1.  No permitir que la acumulación de riquezas y bienes materiales sea el propósito de nuestra existencia.
  2. Limitar nuestras compras a aquellas cosas que realmente necesitamos y no dejarnos llevar por cada moda, aparato eléctrico o diversión que el mercado nos ofrece.
  3. Ser conscientes de las necesidades del prójimo, especialmente de los pobres, y responder generosamente a socorrerlos.

Llenos de alegría, hoy, por la Resurrección del Salvador, oremos por una verdadera y duradera conversión en nuestro corazón y en el corazón de cada ser humano.  Recemos, también, por la conversión de corazón en el mundo entero, para que se renueve la economía, y por la inspiración del Espíritu Santo en nuestros gobernantes, para que hagan todo en su poder por promover la protección y dignidad de cada persona, y bien común y la prosperidad temporal para todos.  Que Cristo Resucitado llene sus corazones con gran gozo este domingo de Pascua y que Él nos conceda a todos un futuro lleno de esperanza.

+Bishop Raymundo J. Peña

last updated 09-Jun-2010 10:44 sitemap


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